domingo, julio 23, 2006

resumen de Veine by Lino

RESUMEN DEL LIBRO: COMO SE ESCRIBE LA HISTORIA. ENSAYOS DE EPISTEMOLOGIA

AUTOR: PAUL VEYNE

En este brillante ensayo Paul Veyne planeta los grandes problemas acerca de cómo se escribe la historia. A lo largo de las tres secciones en que se divide la obra (dedicadas al objeto, la comprensión y el progreso de la historia), las reflexiones y las críticas abarcan un amplio ámbito de cuestiones, enriquecido siempre por ejemplos concretos: el campo histórico es indeterminado y desborda las estrechas fronteras que la historiografía tradicional le había asignado; los acontecimientos no son cosas, sustancias o totalidades sino nudos de relaciones; la explicación histórica, de naturaleza descriptiva, se ocupa de organizar el relato con una trama comprensible, mezcla de azar, causas materiales y fines, y no guarda relación alguna con la explicación científica de carácter hipotético-deductivo; las teorías y los modelos de la historia sólo son resúmenes de las tramas, mientras que sus conceptos carecen de límites precisos y son únicamente imágenes genéricas; la síntesis histórica funciona como un mecanismo de retrodicción, que trata de averiguar el papel desempeñado por la inducción y la causalidad; la historia carece de método, dada su incapacidad para formular sus experiencias en forma de definiciones, leyes y reglas, y nunca podrá llegar a ser una ciencia; la sociología es una pseudociencia y, a lo sumo, un rótulo más de la historia, etc.

“La historia carece de método; pedid, si no, que os lo muestren. La historia no explica absolutamente nada, si es que la palabra explicar tienen algún sentido; en cuanto a lo que en historia se llama teorías, habrá que estudiarlo con más detenimiento. Entendámonos. No basta con afirmar una vez más que la historia habla ‘de lo que nunca se verá dos veces’; tampoco se trata de sostener que la historia es subjetividad, perspectivas, que interrogamos el pasado a partir de nuestros valores, que los hechos históricos no son cosas, que el hombre es comprendido y no explicado, que no es posible una ciencia del hombre. En definitiva, no se trata de confundir el ser y el conocer; las ciencias humanas existen realmente (o, al menos, aquellas que merecen con justicia el nombre de ciencia) y, así como la física fue la esperanza del siglo XVII la de nuestro siglo es una física del hombre. Pero la historia no es esa ciencia, ni lo será nunca”

De esta manera tan abrupta prologaba Paul Veyne en 1971 su obra Cómo se escribe la historia. La intervención de Veyne se produce en un momento extraño tanto en el campo de la propia historiografía como en el de la epistemología. Las distintas vertientes de ese extraño fenómeno literario llamado “historia total” comenzaban a presentar claros síntomas de cansancio.

Veyne escribe en un momento extraño en el que muchas nuevas “ciencias” muy exóticas e ideologizadas (semiótica, genealogía, psicoanálisis, etc.) padecían una extraña ansiedad legitimatoria destinada irremisiblemente al fracaso. Por regla general, hoy se suele aceptar que la escuela de Annales sucumbió a este ambiente intelectual justo en el momento en que triunfaba institucional y académicamente, como tan agriamente ha señalado Fontana.

A pesar de que Veyne se mueve en este bituminoso ecosistema intelectual (considera que

Foucault, literalmente, ha “revolucionado la historia”) su punto de referencia sigue siendo la historia estructural73. Esto es importante para entender que Cómo se escribe la historia no pretende decir a los historiadores cómo deben hacer su trabajo sino explicarles que, en sus debates metodológicos, no necesitan sumirse en procelosas idealizaciones. Por extraño que parezca, buena parte de los escritos metodológicos historiográficos se dedican o bien a señalar los límites del resto de enfoques o bien a mostrar que, a través de algún misterioso mecanismo, son complementarios, se necesitan y encajan entre sí de un modo tal que la historia como disciplina se parece sospechosamente a esa mirada del Dios de Leibniz74. No es el caso de Veyne. Para él la historia está bien como está y se limita a señalar en qué consisten esos conocimientos y cómo se llega a ellos. Este reconocimiento implica que la pluralidad de escuelas y enfoques es válida y no particularmente problemática. Lo que Veyne ataca son las reflexiones metodológicas de infinidad de historiadores que pretenden dotar de una importancia privilegiada a lo que no es más que el fruto de su interés personal.

En realidad hay buenas razones para pensar que Veyne está en lo cierto; el pluralismo historiográfico es consecuencia de una natural diversidad de intereses de investigación. Sin embargo, como hemos visto, en los últimos años se ha otorgado a esta tesis una relevancia teórica inusitada; se supone que constituye un punto de ruptura respecto a la tradición anterior. Para Veyne la pluralidad era más bien un mecanismo para cortocircuitar las validaciones externas a la indagación empírica, sin importar si esa exterioridad era filosófica, metodológica o ideológica: si cierta investigación da cuenta del inminente advenimiento del socialismo tanto mejor para el socialismo pero eso no hace dicho estudio mejor ni peor, otro tanto ocurre con las monografías supuestamente dialógicas, cuantitativas, estructurales, centradas en la historia oral, feministas, etc.

Conviene tener en cuenta que Veyne no habla tanto para los historiadores como para los epistemólogos78. Intenta hacer comprender a los filósofos de la historia en qué consiste realmente esa historia que ellos tan solo se imaginan. El mismo año que Veyne publicaba Cómo se escribe la historia, Georg Henrik von Wright publicaba Explicación y comprensión tras casi una década de gestación. Esta obra constituye una poderosa sistematización analítica (y por tanto comprensible para los filósofos anglosajones) de las corrientes “hermenéuticas” dyltheianas vinculadas a la filosofía de la acción. El libro de von Wrigth fue un importante acontecimiento intelectual en la medida en que, como veremos, cerraba el círculo de las posibilidades de explicación “cientifista” (utilizo el término con muchos reparos) al ofrecer una alternativa aparente a las corrientes positivistas deudoras de Hempel79 en un sentido que ya había sido anticipado por Dray80. Las oscilaciones que a partir de aquí surgen, en especial la influyente obra de Danto, se moverán en un círculo gnoseológico que Quintín Racionero ha calificado muy elocuentemente de “argumento megárico” en historia81. Por muy grosera que resulte la generalización, en esencia, todos los autores de la filosofía analítica de la historia intentaban no tanto dar cuenta del tipo de conocimiento implícito en la historiografía contemporánea como de salvar la inteligibilidad de los acontecimientos históricos (o sea, su identidad) a pesar de ese conocimiento precario.

Pero Veyne no sólo se enfrenta a esta doble cara, legaliforme o intencionalista, de la filosofía analítica de la historia sino que hace una propuesta positiva de enorme envergadura que casi nunca ha sido adecuadamente reconocida. Por alguna oscura razón, su obra suele ser mencionada de pasada como uno de los defensores de la narratividad sin reparar en que constituye una de las aportaciones más importantes a la epistemología de la historia, a la altura de cualquiera de las obras clásicas y, en mi opinión, con un claro precedente en Croce, un autor que, dicho sea de paso, ha sido sistemáticamente malinterpretado e infravalorado a causa de una máxima tan célebre como, a la luz de los resultados, desafortunada82. Por eso hay que decir que Veyne se aleja también de aquellas corrientes hermenéuticas no analíticas –especialmente Gadamer pero también Heidegger– que han desarrollado un gran interés por la escritura de la historia desde un punto de vista muy diferente al de Von Wright o Davidson. Su problema era (y es) justo el contrario del de los analíticos: la imposibilidad de diferenciar la historiografía, como un saber con alguna carga espitémica determinada, de cualquier otra forma de discurso de estructura narrativa. En este sentido resulta curioso que Veyne no supiera ver un precedente en Althusser (Foucault fue bastante más receptivo), ya que a pesar de la mantecosa prosa de Para leer El Capital la escisión entre teoría e historiografía es uno de sus puntos clave, precisamente el que desató las iras de E. P. Thompson en su libelo Miseria de la teoría.

Por supuesto ni que decir tiene que otras corrientes de la filosofía continental, alejadas del concepto anglosajón de epistemología, tuvieron una gran influencia en Cómo se escribe la historia. El propio Veyne señala el peso decisivo de Raymond Aron, pero también se deja notar la huella de Paul Ricoeur. Ya Historia y verdad se hace cargo de importantes problemas epistemológicos (sin duda más desarrollados en Tiempo y narración) que Veyne plantea, lo de menos es saber si por primera vez, con gran precisión. En realidad, es sabido que Veyne recoge buena parte de su bagaje epistemológico de H. I. Marrou, a su vez radicalmente deudor de la obra de Aron. Marrou, un personalista cristiano, se adscribió a la hermenéutica dyltheiana en un momento francamente incómodo pero, sobre todo, estableció la importancia de una crítica filosófica rigurosa de la historiografía frente a las metodologías de historiadores que, como decía Paul Ricoeur, hablan como “artesanos que reflexionan sobre su oficio”. No insistiré en esta herencia de Veyne ya que implica la referencia obligada a un debate típicamente francés y casi tan absurdo como el de la “dinamicidad” de la historia en el contexto anglosajón. Efectivamente el propósito tanto de Aron como de Marrou es combatir con energía la tradición realista durkheimiana en favor de autores como Simmel o Weber. Si bien es cierto que parte del trabajo de Veyne guarda relación con esta polémica, aquí no nos atañe en lo más mínimo.

La obra de Veyne (al margen del hecho anecdótico de que sea una de las pocas obras epistemológicamente relevantes escritas por un historiador) marca un punto crucial en la filosofía de la historia. No creo que nunca antes se haya señalado con tanta claridad en qué consiste el conocimiento histórico y no en que debería consistir. Hay que tener muy presente que, a pesar de lo que el título de su obra podría sugerir, Veyne no es el Bruno Latour de la historiografía. En ningún caso contrapone la suciedad de la investigación histórica, polvorienta, llena de prejuicios y envidias, a su aspecto tal y como se presenta en los libros de texto. Veyne es un historiador de primer orden que cree firmemente que hay conocimiento histórico pero también que no se parece en nada a lo que la mayoría de los epistemólogos se ha esforzado en discutir. Es un hecho que los planteamientos de Veyne pueden derivar en argumentos escépticos pero eso no debería ser excusa para dejar de examinar su validez; en todo caso, si sus ideas resultan convincentes habrá que considerar en qué sentido se sigue de ellas necesariamente el escepticismo o si existe alguna salida

gnoseológicamente plausible a las aporías que plantean.

Un saber sublunar

El nervio de Cómo se escribe la historia es la caracterización de la historiografía como un saber que utiliza formas de explicación cercanas a los conocimientos cotidianos y, por consiguiente, distantes en algún grado del tipo de explicación típicamente científica.

Por supuesto, este argumento implica un reconocimiento de hecho de una distinción – discutible en cuanto a su grado pero evidente en sus extremos– entre doxa y episteme, es decir, entre ciencia-conocimiento y opinión-ideología-ignorancia. No importa demasiado el término que se coloque en cada extremo de la oposición ni tampoco el carácter relativo de la disyunción, es decir, el hecho de que nunca haya ignorancia absoluta como tampoco hay conocimiento absoluto. La idea de que incluso cuando señalamos y nos limitamos a decir “ahí” hay una especie de saber primitivo en juego (una “certeza sensible”) o de que, paralelamente, cuando utilizamos sofisticados conceptos físicos nos limitamos a aceptar como verdadera una metáfora muerta, marca un extraño punto de encuentro entre Hegel y Nietzsche particularmente característico del mundo que nos ha tocado vivir, siempre rodeados de noumeno, siempre enclaustrados en las redes de nuestra propia experiencia. Lo diré de otro modo, lo relevante aquí es aceptar la mera diferencia relativa, la mera distancia, entre conocimiento e ignorancia, sin prejuzgar los límites de cada uno de los términos o su relación. Si se admite esto, es decir, si se rechaza el escepticismo88, no será particularmente difícil aceptar que en algún sentido hay también una diferencia crucial entre los conocimientos que desde Galileo llamamos “científicos” y típicamente la “física matemática” y otro tipo de saberes (medicina, crítica literaria, técnicas deportivas, estategia militar, etc.). De nuevo, sería una petición de principio establecer desde este momento qué

saberes tal y como los conocemos hoy día son los que están al margen de la “ciencia” propiamente dicha y cuáles no o, peor todavía, cuáles son los criterios para su inclusión o exclusión: esto es precisamente lo que hay que discutir. Lo que Veyne intentaba demostrar es que la explicación histórica es substancialmente diferente de la explicación científica y eso ni siquiera exige aceptar que haya efectivamente conocimiento científico sino tan solo que pueda haberlo. Una manera de enfocar el asunto es mantener que en historia no hay explicaciones en absoluto, pero creo que esto da una idea de uniformidad descriptiva que no se corresponde con las muy distintas formas de estudiar la historia. Por eso me parece más adecuado hablar de dos modos muy distintos de explicar.

Veyne se da cuenta con precisión de que el objeto del saber histórico, aquello que interesa a los historiadores y aquello de lo que hablan los historiadores, no se puede dar de antemano como definido sino que responde a un perspectivismo que en sentido estricto es insuperable a pesar de que, como veremos, la continuidad de la investigación atenúa notablemente sus efectos. Por supuesto, se puede mantener en distintos sentidos que también los científicos consideran su objeto de estudio desde una cierta perspectiva.

a) Se puede pensar que la biología, la física y la química observan un mismo objeto (por ejemplo, un perro) desde distintos puntos de vista. Esto no es exactamente así. La biología y la química ven realmente el mismo objeto y no un objeto análogo y es por eso que la una puede “reducirse” a la otra89. Hay una comunicabilidad esencial a los objetos científicos que relativiza la compartimentación de la ciencia.

b) Se puede decir que un astrónomo tiene una perspectiva propia (científica) frente a un astrólogo, un marino o un poeta a la hora de ver un astro.

c) Se puede afirmar que Galileo, Newton o Einstein tenían distintas perspectivas del espacio y del tiempo.

Tal vez la objeción más fructífera sea la de b). Pues, en efecto, no hay que pensar que eso que desde Galileo llamamos “ciencia” es una especie de superperspectiva que aúna todas las demás sino, más bien, una perspectiva particular a la que llamamos “verdad” –y es francamente difícil encontrar buenos argumentos en favor de ese nombre, tan difícil como la historia de la filosofía–, pero que ni mucho menos agota el objeto real. En caso de que no sea posible acceder a este dominio, como es el caso de la historia contemporánea, no hay por qué pensar en una diferencia esencial de los acontecimientos sino, más bien, del tipo de conocimientos que estamos poniendo en juego para enfrentarnos a ellos, y habrá que pensar en qué sentido calificaremos de verdaderos o de falsos esos conocimientos (de eso trata todo este embrollo, a fin de cuentas).

Desde el punto de vista de su justificación, la perspectiva desde la que hablan todas las teorías científicas no sólo es única91 sino que internamente no es ninguna perspectiva. Por supuesto, se podría decir que esta característica -su pretensión (ya se considere loable o arrogantemente teológica) de no ser una perspectiva más sino un forma de ver las cosas radicalmente distinta- es justamente lo que caracteriza la perspectiva científica. Sin embargo, se trata de un recurso al infinito que deja las cosas exactamente igual que estaban. Con independencia de que la ciencia sea una manera más de ver el mundo o una instancia privilegiada para acceder al ser de las cosas, lo cierto es que en sus dominios los objetos aparecen como dados en virtud de que son considerados matemáticamente92 y las posibles perspectivas que se pueda desarrollar respecto a esos objetos dados en nada alteran el objeto de estudio propiamente dicho desde el punto de vista de su justificación. En otras palabras, si bien los “graves” actuales tienen muchas más propiedades que los de Galileo e incluso podemos considerarlos desde distintos puntos de vista teóricos, siguen siendo el mismo objeto de conocimiento (una pura fórmula matemática), por eso la física actual tiene algo que decirse con Newton y nada con Aristóteles. La matematicidad, la formalidad radical del conocimiento (¡y de la experiencia!) en física, la ruptura con la experiencia cotidiana, implica la posibilidad de considerar los objetos de estudio desde el punto de vista de un ideal normativo que, si se prefiere, se puede situar como hace Peirce en una comunidad ideal de investigadores futuros. En cambio, en historia las perspectivas son constitutivas, sólo por analogía se puede decir que la batalla de Fabrizio y la de Napoleón son la misma, por mucho que el conjunto de acontecimientos al que hacen referencia sea idéntico. Análogamente, dudaríamos en afirmar que un juego de ajedrez para tres jugadores sigue siendo ajedrez (aunque no hay un límite firme que permita señalar qué modificación es crucial para que deje de ser definitivamente ajedrez) y seguramente consideraríamos que el ajedrez es de algún modo inconmensurable con el parchís (aunque tal vez no con el ajedrez para tres jugadores) en el sentido de que no sabríamos qué hacer con una ficha de parchís en un tablero de ajedrez (y sólo en ese sentido, ya que se pueden establecer muchos discursos razonables comparando ambos juegos). En historia pasa algo parecido, no estoy seguro de que la historia del feudalismo romántica tenga mucho que ver con los estudios cuantitativos de los archivos de Cluny acerca de las oraciones fúnebres; por supuesto, no me atrevería a decir que son inconmensurables pero tampoco me parece un disparate afirmarlo93. En otras palabras, no estoy seguro de que el monje Primat y, por ejemplo, Huizinga hablen para nada de lo mismo y, en todo caso, quien afirme que es así necesitará intervenir crítica y por tanto polémicamente sobre la recepción de la tradición. Esto significa, evidentemente, que el objeto de conocimiento en historiografía está afectado por una notable contingencia e indeterminación que lo aproxima a la explicación cotidiana94. Por supuesto se dirá que, al fin y al cabo, los conceptos de la ciencia se han ido demostrado contingentes a lo largo de la historia, a través de su falsación y que, por tanto, popperianamente, deberíamos derivar de esa característica de la práctica científica la definición de la ciencia en general. La única respuesta posible es que, de nuevo con Peirce, lo conceptos de la ciencia son estructuralmente sincrónicos en virtud, por ejemplo, de su referencia a una comunidad ideal de investigadores futuros: se puede pensar la estructura de estructuras en la que finalmente esos conceptos sean verdaderos. Dicho de otro modo, la lógica de la investigación científica no es necesariamente igual que la lógica del conocimiento científico. Por su parte, el caso de la historia resulta bastante más complejo pues el tipo de explicación que entra en juego no sólo va mostrando su contingencia a medida que avanza la investigación historiográfica sino que es sincrónica, estructuralmente polémica95. Los objetos de estudio historiográficos no tienen de suyo una identidad definida sino que se construyen polémicamente. Si abundamos en el anterior ejemplo basado en los juegos de mesa, se puede caracterizar el tipo de identidad que caracteriza el objeto de estudio historiográfico en términos de mero parecido de familia.

La característica del conocimiento histórico, se encuentra el hecho de que los historiadores se interesen típicamente por el estudio de “acontecimientos” concretos (sea la formación de una civilización en torno al Mediterraneo, Waterloo o la nariz de Cleopatra). Así, por ejemplo, dice Veyne, si Juan sin Tierra pasara por delante de nuestros ojos: “Al verlo pasar por segunda vez, el historiador no diría ‘ya lo sé’ como dice el naturalista ‘ya lo tengo’ cuando se le entrega un insecto que ya posee. Esto no significa que el historiador no piense con conceptos como todo el mundo, ni que la explicación histórica pueda prescindir de modelos como “el despotismo ilustrado”. Es decir, cada uno de los acontecimientos, sin importar su generalidad, es de suyo relevante (es decir, interesante para su estudio) y no como ejemplar inductivamente significativo de un género universal, como ocurre en ciencia. Dicha réplica al cientifismo se corresponde punto por punto con la objeción clásica al proyecto de una filosofía sustantiva de la historia; un proyecto que, pese a lo que comúnmente se afirma, Marx rechazó con particular claridad.

Tiene especial importancia la última parte de la anterior cita de Veyne. Este interés por la concreción no significa que los historiadores se limiten a toparse aleatoriamente con hechos. Como decía Lucien Febvre, “el historiador no va rondando al azar a través del pasado, como un trapero en busca de despojos, sino que parte con un proyecto preciso en la mente, un problema a resolver, una hipótesis de trabajo a verificar”99. La historiografía utiliza dispositivos conceptuales que en ocasiones alcanzan una gran complejidad, al igual que cualquiera de nosotros en nuestra vida diaria. Lo que intenta señalar Veyne es que los conceptos y modelos de la historiografía no son formalmente como los de los científicos.

Esto no significa que, si estamos particularmente ociosos, no podamos “formalizar” los conocimientos históricos100, el problema es que el objeto de investigación no se ciñe (como en el caso de la física) a ciertas condiciones de la formalidad que la hacen fructífera y, así, resulta insignificante. En historia cualquier derivación formal que no sea trivial está sujeta a objeciones extra-formales porque lo que se cuestiona constantemente son las premisas mismas. Se trata de un asunto particularmente bien estudiado por Leibniz en su sistematización metafísica del futuro contingente aristotélico

En historia la generalidad tiene un contenido gnoseológico incomparablemente menos rico que cualquier concreción. Aquí la intensión guarda con toda claridad una relación inversa con la extensión. Hay que hacer un matiz fundamental para que esto tenga sentido y es recordar lo que al principio afirmábamos: el “acontecimiento” histórico no está definido de antemano. No importa mucho si el objeto de conocimiento es espacio-temporalmente inmenso o apenas abarca unos pocos metros durante unos instantes, lo crucial es precisamente su carácter espacio-temporalmente determinado. Como veremos esto significa

que no hay algo así como “hechos históricos” previos al conocimiento histórico. En cualquier caso el concepto de acontecimiento, como objeto de conocimiento de la historiografía, no coincide con esa noción intuitiva de “acontecimiento” vinculada a una comprensión cotidiana de la acción humana. No analizaré las formas en que se han definido los distintos tipos de acontecimientos y su nivel de generalidad, basta con reparar en el hecho de que, en principio, no hay ninguna razón para pensar que la revolución francesa, el arrabal urbano, la muerte de Julio César o el proceso de alfabetización en la Edad Media son objetos de estudio con alguna diferencia esencial. Es decir, cuando Veyne afirma que la historiografía se interesa por lo concreto, no deberíamos presuponer ningún rango en un árbol de Porfirio. En principio los hechos que rodean la vida de un individuo no son más concretos ni están más definidos que un proceso secular. Así, la indeterminación del objeto de estudio de la historia es previa a la demarcación del nivel relativo de generalidad de ese objeto. En este sentido, los tres tipos de historia de los que habla Braudel sufren por igual la indeterminación del objeto de estudio y si hay alguna diferencia entre ellos habrá que aportar argumentos adicionales107. De alguna manera la historia estructural es tan “particular” como la historia de un molinero.

Así pues, en la afirmación de Veyne “la historia se interesa por lo concreto”, la disyunción abstracto-concreto responde a un criterio epistemológico y no ontológico. Esto es, no significa que deba interesarse por la salud de los prisioneros de la Bastilla antes que por la revolución francesa sino que del estudio de la revolución francesa no cabe deducir nada de la revolución rusa. En este sentido, la concreción de los conceptos de la ciencia reside en su capacidad para abstraerse del infinito perspectivismo que suscita lo real en nuestra experiencia cotidiana. El contenido epistemológico concreto de, por ejemplo, el concepto de fuerza tiene que ver con su matematicidad, esto es, con el hecho de que no pertenezca a ningún ente en concreto sino a una gran pluralidad. Mientras en historia ceñirse al ahí es el único modo de averiguar algo (sin prejuicio de que ese ahí sea un proceso de larga duración

o incluso de dudosa existencia como la Guerra del Peloponeso o el arte radical), en ciencia es imprescindible romper con la conciencia sensible hegeliana. La historia es un saber en el que el perspectivismo es constitutivo y, por eso, la certeza sensible, el máximo nivel de vacuidad, el ahí ostensivo, son justamente los modelos abstractos como “revolución”, “burgués”, “imperialismo” o “soldado español”. A diferencia de la falsa concreción de la certeza sensible aquí esta “falsa abstracción” se presenta como un intento de eludir la investigación histórica de lo que realmente sucedió en todos y cada uno de sus detalles.

La indeterminación del campo de lo histórico afecta al hecho de que no se pueda hacer una reconstrucción coherente de los niveles de generalidad, estos permanecen como enfoques diferentes y no como una sucesión de conjuntos menores, como una serie de muñecas rusas que llega hasta la muñeca individual. Por mucho que sepamos de todas las aldeas mediterráneas no surgirán de suyo enfoques estructurales y, viceversa, la larga duración nada nos dice en principio de la microhistoria. Aunque, una vez más, nos movemos aquí en el horizonte de la justificación epistemológica. En la práctica, las grandes interpretaciones estructurales tienden a exigir una inmensa labor de investigación de casos particulares (como demuestra la vida de estudio de Marx o Braudel). Lo que ocurre es que la estructura final es menos una síntesis de esos casos que una selección de los significativos según unos criterios de un nivel gnoseológico distinto.

Perspectiva y relativismo

El argumento de la indeterminación del objeto de estudio de la historia plantea ciertos problemas gnoseológicos graves. En palabras de Veyne: “¿Cómo hacer que un hecho sea más importante que otro? ¿Acaso no es todo una nebulosa grisácea de acontecimientos singulares?”108. Este es sin duda el punto crucial del debate. Hasta ahora, sólo hemos trazado:

a) Una distinción entre el objeto de estudio y el objeto real, tanto en historia como en ciencia aunque de distinto signo en cada caso.

b) Una distinción entre el objeto de estudio de la ciencia y cualquier otro objeto de estudio propio de la explicación cotidiana (historia, estética, política, filosofía, etc.). En ningún caso hemos establecido la falsedad o futilidad de este segundo tipo de conocimiento y ni siquiera hemos aventurado una forma clara de distinguirlo del científico. Tan sólo hemos afirmado que hay una distinción fenomenológica. Llegados a este punto, lo fundamental es aclarar como se puede llegar a alguna clase de conocimiento en historia si el objeto de estudio adolece de la “corrupción” sublunar que establece b). Si todos los hechos son igual de importantes será imposible establecer esa clase de núcleo estable de inteligibilidad al que llamamos conocimiento. Por supuesto hay que tener muy presente lo que hemos establecido en a): no buscamos acontecimientos de suyo relevantes que nos permitan organizar la historia real al modo de las filosofías de la historia; hablamos siempre del campo de fenómenos al que se enfrenta el historiador tras elegir un tema de estudio que, por su parte, guarda distintos parecidos de familia –y, en consecuencia, diferencias– con otros temas de estudio109. Dado que no se puede realizar la operación de reducir los fenómenos históricos a un puñado de elementos con unas pocas propiedades definidas con las que operar (la mera extensión, como quería Descartes) y, por consiguiente, todas sus dimensiones parecen ontológicamente igual de relevantes, el conocimiento histórico parece estar sujeto a un perspectivismo fenoménico radical. Esto parece un buen argumento a favor del escepticismo en historia110. Una primera objeción a esto podría ser que, precisamente porque los conceptos no están saturados, muy leibnizianamente el perspectivismo no implica un relativismo. Los puntos de vista, aunque puedan ser opuestos, literalmente no pueden ser contradictorios y, por tanto, siempre cabe discutir racionalmente tanto los presupuestos de los puntos de vista como proponer nuevas opciones adicionales que muestren que la oposición no era tan necesaria como parecía. No obstante la respuesta de Veyne es más prolija: Esto es, dada la elección del campo de estudio, la organización de ese campo aparecerá con ciertas constricciones objetivas. De la convicción de que en historia nunca podamos desgranar unívocamente las partes objetivamente dadas de un acontecimiento complejo para mostrar su articulación -ya que ni el todo ni las partes en cuestión están dados de antemano- no se sigue la tesis absurda de que no podemos saber nada del mundo histórico. Del hecho de que no haya átomos históricos, individuos desnudos cuyos movimientos podemos recomponer hasta articular las civilizaciones, no debería seguirse que los objetos de estudio están vacíos, sin ninguna clase de entramado objetivo que los defina: la indefinición lo es del objeto de estudio, de nuestro conocimiento, no de las cosas mismas. Así pues, tenemos que darle la vuelta a la pregunta inicial. Si todos los acontecimientos tuvieran la misma importancia no habría conocimiento respecto de la historia, pero sabemos que tenemos acceso a ciertas formas (todo lo polémicas y débiles que se quiera) de conocimiento del pasado luego no todos los acontecimientos tienen la misma importancia. Ahora, pues, habrá que establecer en qué consiste esa diferencia o, lo que es lo mismo, en qué consiste “conocer” en historia.

Dicho llanamente, lo que Veyne nos recuerda aquí es que, en cada terreno de investigación determinado, no todos los hechos tienen la misma importancia aunque sean equivalentes en términos generales. Esto es más complicado de lo que parece pues, en efecto, se da un fenómeno de retroalimentación: la elección y la definición del objeto de estudio, y por tanto la determinación de los fenómenos relevantes, son tan polémicas como las formas en que se articulan esos hechos. Por así decirlo, lo que aquí nos interesa es que aceptar que hay conocimiento histórico significa aceptar que algunos hechos son relevantes y otros triviales aunque de ningún modo implica ningún prejuicio acerca de cuáles son esos hechos. Si se quiere expresar desde el punto de vista del contexto de descubrimiento se podría decir que ser historiador equivale a asumir la posibilidad de que sus futuras investigaciones sean susceptibles de discusión racional en virtud de ciertas constricciones externas llamadas “hechos”. Lo que ocurre, claro, es que el proceso de investigación consiste justamente en averiguar y discutir cuáles son esos “hechos” que suponemos que están dados. Pero aun a sabiendas de que no hay un grado cero de la escritura histórica, se puede aceptar esa “organización natural de los hechos” de la que habla Veyne en términos de un reconocimiento general de la existencia de conocimiento histórico aún sin prejuzgar de qué clase es ese conocimiento ni sus condiciones de posibilidad. La “demostración” de esto sólo puede ser ostensiva, lo más que uno puede hacer es señalar los volúmenes de historiografía o tal vez recurrir a una “demostración” refutativa, mostrando que hay posibilidad de error, que algunos historiadores metieron la pata soberanamente. Esto quiere decir que contestar a la pregunta “¿cómo es posible, en general, el conocimiento en historia?” es muy distinto de demostrar que efectivamente hay, en general, conocimiento en historia. Otro asunto distinto es que esa “organización natural” de la que habla Veyne tenga muy poco de natural en sentido estricto. No hay ningún tipo de comprensión puramente ingenua del pasado. Por eso tan a menudo los pioneros, quienes desbrozan algún campo inexplorado, son objeto de pueriles acusaciones de ideología. Quienes vienen detrás tienen el campo ya arado para la crítica, para la discusión académica. Creo que esta ausencia de enfrentamiento directo con el fenómeno es lo que llevó a Croce a establecer su conocida, y a menudo malinterpetada, distinción entre historia y crónica.

Ocurre así que el hecho de que simultáneamente tengamos una gran libertad a la hora de elegir un tema de estudio y de que el conocimiento resultante no sea unívoco sino que esté sujeto a objeciones que no lo “refutan” definitivamente, marca la posibilidad, aunque no la necesidad, de cierta incomensurabilidad entre los objetos de estudio (¡no entre los objetos reales, las propias res gestae!). La amplitud de esa posible incomensurabilidad es justamente lo que hay que discutir aunque ya hemos señalado someramente cómo esta diferencia podía interpretarse en términos de parecidos de familia. Inconmensurable aquí quiere decir, por poner un ejemplo particularmente manido, que no hay argumentos sencillos para decidir si el protestantismo de los capitalistas es una función de la afición de estos al capitalismo o viceversa.

Recapitulemos. Hemos aludido a la aceptación de la fuerza de los hechos como una condición de posibilidad de la historiografía. Como dice Veyne, “el campo histórico se encuentra indeterminado con una sola excepción: todo lo que se encuentra dentro de él tiene que haber sucedido realmente”. Sin duda ese es un primer punto de consenso, una

precondición117. Obviamente los problemas comienzan cuando no se puede alcanzar con satisfacción ni siquiera este primer nivel, como ocurre en el caso del arte, la música y, en general, de aquellas realidades culturales cuya recepción ha sufrido una gran variación a lo largo del tiempo. El problema en estos campos es que las estrategias para que los “hechos” se muestren, es decir, la delimitación del campo de estudio está particularmente sujeta a objeciones incluso de índole estrictamente material118. Las propias estratagemas para que surja esa determinación dada por la realidad del objeto de estudio son radicalmente conflictivas y, a poco que se profundice un poco en la crítica, las identidades tradicionales saltan por los aires119. Por eso, en ocasiones los historiadores del arte se siente legitimados para aceptar un total relativismo y es prácticamente el único ámbito de la historiografía donde ha tenido un influjo real (al margen de las simpatías y veleidades metodológicas de cada cual) el postestructuralismo. Y por eso también son tan abundantes las “tipologías” en historia del arte.

Para Veyne el objeto de estudio del historiador, esa instancia gnoseológica en la que se muestran con distinto relieve los hechos, es una “trama”: “la trama es un fragmento de la vida real que el historiador desgaja a su antojo y en el que los hechos mantienen relaciones objetivas y poseen también una importancia relativa [...] Esta trama no sigue necesariamente un orden cronológico: al igual que un drama interior puede desarrollarse en distintos planos”. La noción de trama como metáfora del objeto de estudio del historiador es muy útil porque libera la “elección” del investigador de cualquier supuesta constricción derivada de las resgestae –una imposible constricción pre-gnoseológica– al tiempo que salva la objetividad y veracidad (en cierto nivel) de la investigación histórica, la muestra articulada según cierta sintaxis. Pero la elección de una trama no sólo presupone una cierta consideración respecto a los hechos internos a esa trama (su índole inteligible) sino también respecto al resto de tramas posibles. La trama es un conjunto de fenómenos no necesariamente consecutivos en los que se observan cotas significativas y que, a su vez, se recorta sobre un fondo de normalidad. Dos tramas distintas, como la ciudad europea o las viudas en la Florencia del siglo XIV, tienen elementos de significatividad y trasfondos de normalidad muy distintos. Los acontecimientos a estudiar no se insertan sobre el majestuoso telón de fondo de la historia universal sino que cada trama implica cierta diferencia respecto al resto de investigaciones posibles. Un nivel evidente de diferenciación será la posición relativa de una trama respecto a distintos contextos, pero otro criterio muy importante es la índole del objeto de estudio. De este modo, la diferencia de las tramas permite la clasificación de objetos de estudio muy distintos en tipos de historiografía ajenos a la epocalidad: micro-historia, historia oral, historia política, historia estructural, etc. Cada una de esas “subdisciplinas” remite a un consenso sobre el parecido de sus distintos objetos de estudio (y no a alguno de los infinitos malentendidos sobre el “método”). Así pues esta diferencialidad no saturada permite también formas de identidad no saturada que evitan el delirio de que cada trama fuera un objeto de estudio absolutamente distinto.

La metáfora de la trama permite entender mejor por qué la inconmensurabilidad de enfoques en historia está sujeta a la misma indeterminación que la propia historia y, por tanto, permite progresos epistémicos de importancia. La razón de que haya “avances” en historiografía es justamente la posibilidad de transformar el objeto de estudio a medida que se discute sobre él, a medida que se investiga cada vez con más profundidad lo ocurrido. La profundizacion en la comprensión del pasado puede llevar a que aquello que formaba parte del contexto de normalidad se convierta en parte de la trama o, sencillamente, a tener que abandonar ese enfoque en aras de otro en el que los hechos que el historiador había desgajado se vuelvan comprensibles. Típicamente uno de los mayores avances de la escuela de Annales fue liberar a la historia del enfoque propio de las fuentes122. Así, la relevancia de los hechos recortados en ciertas tramas varió considerablemente e incluso surgieron puntos de vista alternativos más fructíferos para explicar los hechos recortados en las antiguas tramas, muy dedicadas al espectro político. En realidad, la comprensión cotidiana de ciertos acontecimientos que nos rodean también está sujeta a esta labor crítica. Así, por poner un ejemplo muy claro, cuando se produjeron las crisis bursátiles de Extremo Oriente y Brasil la prensa económica convencional sólo pudo hablar de “histeria colectiva”. Lo cierto es que el pánico bursátil existe y juega un papel importante a la hora de fomentar la aparición de profecías autocumplidas. Pero tal vez se pueda investigar mejor; es posible recurrir a un marco espacio-temporal más amplio, es decir, adoptar como objeto de estudio el propio trasfondo de normalidad de las crisis (el marco de la libre circulación de capitales a partir de los años ochenta), recurrir al trasfondo de normalidad de este último (el mercado mundial tras la crisis del petróleo) o incluso recurrir a otro tipo de trama como la historia de la asimetría entre capital financiero y productivo a lo largo del siglo XX. La trama como objeto de estudio de la historiografía debe ser comprendida en el contexto de una tradición de investigación que la va transformando materialmente mediante una mejor comprensión de los hechos reales que recorta y sus relaciones con otros objetos de estudio. Esta mejora incluso llega a propiciar su abandono por otros objetos de estudio sin duda adyacentes pero más fructíferos: aunque depurásemos de todos sus errores materiales la Roma de Gibbon hoy seguiría sin ser un tema de estudio aceptable como sí lo es, por ejemplo, el cultivo de cereal en las colonias romanas en África o el vocabulario de las meretrices en la Roma de Nerón.

Aunque, en realidad, esto es tergiversar las cosas pues fue limpiando de errores la Roma de Gibbon como dejó de ser interesante. Lo que esto significa, en resumidas cuentas, es que por la misma razón que no se puede establecer un criterio estable para los parecidos de familia tampoco hay por qué mantener las diferencias de familia. Podemos medir cráneos y lunares, comparar colores de ojo y cabello, indagar sobre el carácter. Desde luego, en cierto sentido no habremos avanzado mucho, los parecidos de familia que establezcamos tras todas nuestras investigaciones no serán más fijos que antes, serán igual de polémicos y nuestra tía podrá empecinarse en que las dos micras de diferencia de un lunar hacen que mi prima y yo seamos “iguales”, como antes decía que teníamos los mismos ojos123. Pero en otro sentido hay una enorme distancia, la que separa el conocimiento de la ignorancia. Lo que separa unos parecidos de otros no es la índole polémica y dudosa de unos y el carácter inconmovible y cierto de otros sino el abismo del conocimiento.

Causalidad

De algún modo la noción de trama como metáfora del objeto de estudio parece poner en entredicho la aplicación de una noción rigurosa de causalidad en historia. Tanto la trama como la idea de narratividad pretenden hacer hincapié en la especificidad de las conexiones que saca a la luz la investigación histórica, ¿cómo hablar de causalidad una vez que aceptamos el escaso peso de la generalidad?:

Obsérvese que la objeción que hace Veyne a la causalidad en historia es muy similar a la objeción humeana a la causalidad en general: de los objetos no se derivan sus relaciones. En todo caso, parece decir Veyne, cabe hablar de causalidad allí donde se comprueba una gran regularidad en la conexión entre sistemas de fenómenos, una regularidad que permite hablar metafóricamente de un conocimiento legaliforme de la naturaleza. Pero “explicar” la causa de un acontecimiento histórico es sólo narrarlo de otro modo, no aparece ningún nexo lógico de por medio. Cuando Veyne habla de causalidad hace alusión a una asimetría entre la ley y los acontecimientos que subsume y no a una sucesión de acontecimientos: es decir, la ley haría explícita la relación que une dos objetos. Dado que en historia ni hay leyes ni las puede haber, sólo operaría una “causalidad sublunar”125 no legaliforme. El argumento de Veyne tiene más fuerza de lo que a primera vista puede parecer. No se trata sólo de proponer una restricción en el uso de la voz “causa”, como si Newton hubiese demostrado que los hombres siempre habían usado mal el término. Evidentemente podemos seguir usando la palabra causa en nuestra vida cotidiana siempre que no pretendamos establecer ninguna ley.

El punto central de la argumentación de Veyne es que ninguna secuencia narrativa es susceptible de generalización ya que en historia lo que interesa son los acontecimientos concretos y no los universales. Por tanto, incluso en el caso de que sean fenómenos de larga duración nos interesarán como secuencias específicas y no como ley que subsume distintos casos.

Esto es muy importante pues significa que, haya o no auténticas leyes que afecten al dominio epistémico que estudia la historia, estas pueden ser ineficaces respecto a la tarea específica del historiador. Esa era justamente la cuestión que nos planteábamos al principio respecto a la relación entre teoría e historia.

No obstante, antes de abordar directamente este asunto hay que cuestionar la distinción que hace Veyne entre causalidad supralunar (o teórica) y causalidad sublunar (o cotidiana). Resulta curioso como puede estar operando aquí lo que Stove ha calificado como “deductivismo” escéptico deudor de las tesis humeanas más radicales127. ¿No estará cometiendo ese mismo error Veyne? ¿No exigirá demasiado a la explicación? Lo cierto es que, al menos desde cierto punto de vista, así es. La característica típica de la tradición escéptica anti-racionalista –en la línea de Hume, Popper o Veyne– es tomar como medida del conocimiento sólo cierto tipo de saber matemáticamente ideal y no la ignorancia cotidiana. Si esto ya es importante en física lo es mucho más en historia por la sencilla razón de que es un tipo de conocimiento inseguro y aproximado.

Para comprender esto hay que entender que lo relevante en la afirmación de la causalidad

legaliforme es cierto desnivel epistémico entre la ley-causa y los fenómenos-efecto que aquella subsume. Lo significativo de esta asimetría es que respeta la objeción de Hume respecto al non sequitur de las relaciones a partir de los objetos, ya que no obliga a pronunciarse sobre la naturaleza (convencional o no) de la propia relación. Creo que, en muchas ocasiones, en historiografía se da una asimetría epistémica análoga (aunque no legaliforme) que hace legítimo utilizar la noción de causa en un sentido no trivial. Dicho de otro modo, aún antes de examinar los problemas que plantea la noción de causa humeana que utiliza Veyne, hay que decir que prima facie existen usos de causa legítimos en historiografía; ciertos acontecimientos-causa son de distinto nivel que otros acontecimientos efectos.

En la tradición metafísica clásica esa asimetría dependía de la existencia de distintos géneros ontológicos que concluían en la especie ínfima, el individuo plenamente identificado. Así, según el célebre ejemplo de Aristóteles, es necesario que Corisco muera (ya que Corisco es un hombre y necesariamente mortal) pero cómo y cuando morirá es finalmente accidental. En un caso opera una causa abstracta, en otro una causa pertinente y concreta. Para Aristóteles esa concreción implica una accidentalidad que no es gnoseológicamente relativa respecto de la necesidad de la mortalidad del hombre (o sea no es una función de nuestra ignorancia). Se puede reconstruir la forma en que Corisco llega a morir pero se llega a un punto en el que no se puede ir más allá y sólo cabe hablar de “libertad” en el hombre o de “azar” en el caso de la naturaleza. La lectura contemporánea de esta idea sólo puede ser interpretada en los términos, ya planteados, de contexto de normalidad-anécdota. El historiador elige libremente –sin ninguna constricción por parte de los hechos reales– un objeto de estudio. Nuestro reconocimiento de la especificidad de ese acontecimiento deriva de que este se recorta sobre un trasfondo de normalidad y del conjunto de fenómenos triviales que lo circundan. Veyne, como mostraba su última cita, reconoce la importancia del contexto a la hora de establecer la especificidad de un acontecimiento pero afirma justamente que esto obliga a negar la validez de la causalidad en historia. El contexto es justamente aquello que no da cuenta de la concreción del objeto de estudio aunque todo objeto de estudio concreto lo presuponga. Frente a esta tesis, en las páginas que siguen intentaré demostrar dos afirmaciones básicas:

a) En ocasiones (aunque ni mucho menos siempre) el contexto es fundamental para dar cuenta de la especificidad de una trama. Esto ocurre justamente cuando determinada elección del objeto de estudio –ya sea por razones intelectuales o ideológicas– deja muchos aspectos oscuros que otra trama distinta permite explicar mejor.

b) De ninguna ley se deduce la especificidad de un acontecimiento (a no ser que consideremos que los teoremas son acontecimientos). La explicación de un fenómeno concreto siempre requiere argumentos concretos –derivados o no de leyes generales– que expliquen la diferencia que establece respecto a cierto trasfondo de normalidad. De la diferencia entre conocimientos teóricos y cotidianos no se sigue una distinción entre causalidad teórica o legaliforme y causalidad sublunar o cotidiana.

La tesis a) se basa en el reconocimiento de la distinción fundamental entre hechos y causas

y, por tanto, en la posibilidad de asimilar causa a explicación. Puede que en historia explicar algo sea sólo narrarlo de otro modo pero si la diferencia entre una y otra narración es epistémicamente relevante, es aceptable caracterizar esa distancia relativa en términos causales. Kuhn, citando a Piaget, ha resaltado este aspecto con gran agudeza. Se trata de un lugar común epistemológico particularmente evidente pero, tal vez justamente por eso, a menudo se olvida y da pie a numerosos malentendidos:

Creo que es cierto que este tipo de explicaciones causales no son frecuentes en las investigaciones históricas tomadas de una en una. En cambio, son muy habituales si consideramos una tradición de investigación más amplia sobre un mismo asunto. Aunque cada monografía o artículo se ocupe sólo de la narración de un conjunto de fenómenos relacionados, las variaciones de enfoque que dan pie a las distintos puntos de vista sobre esos fenómenos presuponen un tipo de pregunta eminentemente causal. Es decir, muchas de las veces en las que un historiador propone una interpretación distinta de ciertos hechos antes estudiados pone en juego un tipo de explicación claramente causal. Por supuesto, no es que la estructura causal de algunos argumentos históricos se derive de su índole polémica sino que es en la polémica donde mejor se observa ese aspecto causal.

Por otro lado, Veyne decía, como veíamos antes, que las regularidades o esquemas que forman el contexto es justamente lo que no se estudia en historia. Pues bien, cabe hablar de “causa” en historia cuando, pese a todo, nos vemos obligados a hablar de dichos esquemas, a replantearnos su nivel de generalidad y su naturaleza para esclarecer el objeto de estudio que en realidad nos habíamos propuesto estudiar. La causalidad es una función de la ignorancia, como tantas veces se ha señalado. Es literalmente una pregunta (más bien perpleja) por el “¿por qué?”

Sin embargo, es difícil dar razones de peso a favor de estas explicaciones a excepción de su mayor poder explicativo. E incluso eso no obsta para que se pueda plantear objeciones importantes a estos enfoques, casi siempre derivadas de su excesiva extensión. Por eso también es “legítimo” quedarse en un sistema de normalidad anterior y negarse a ver causas por encima de él que permitan una nueva narración de los acontecimientos. Este es el cas de Paul Krugman que, pese a reconocer que en el momento de la crisis asiática se hizo un análisis radicalmente erróneo de su naturaleza, ni siquiera toma en cuenta la posibilidad de recurrir a un instrumental teórico distinto135. Así, resulta significativo la cantidad de veces que escribe el adverbio “milagrosamente” respecto a procesos anormales desde el punto de vista de la economía convencional, o la cantidad de acontecimientos que en su opinión “aún no hemos comprendido muy bien”. La cuestión es que esos procesos y esos acontecimientos son sin lugar a dudas los más significativos de la historia del capitalismo y aquellos que la historia económica marxista mejor ha conseguido explicar. Tal vez sea un tanto injusto pero da la impresión de que la negativa de Krugman a considerar contextos más amplios que el de la propia crisis tiene mucho de ideológico, pues deriva de una aceptación de las formas económicas capitalistas como únicas posibles, dotadas de una naturalidad que aborta cualquier explicación que no respete la estabilidad de ese marco de normalidad.

En cierto sentido no deja de ser verdad que en historia sólo hay causalidad cuando opera un agente natural externo (por ejemplo un terremoto) pero lo que nuestro ejemplo anterior sugería es que, hasta donde nosotros sabemos, ciertos fenómenos interrelacionados (esto es, ciertas tramas libremente escogidas por el historiador) actúan como terremotos o como ecosistemas respecto a otras. El problema, evidentemente, es que de hecho no son fenómenos externos y por tanto todo se debe a una inconsistencia gnoseológica irreductible ya que no existe la supernarración total. En el contexto de los conocimientos cotidianos llamamos causa (o libertad, según se mire) a esa inconsistencia, a ese desnivel entre dos sistemas fenoménicos que expresa la pregunta por el “por qué”. De todos modos es cierto que en historiografía explicar por qué ocurrió algo no es de ningún modo explicar qué ocurrió, como en apariencia ocurre cuando hay leyes generales. La segunda de las tesis que, como anunciábamos al principio de esta sección, pretendemos establecer aquí afirma que la situación de la historiografía es general. Un ejemplo historiográfico típico es el análisis marxista de las causas de la segunda guerra mundial. En esta interpretación se suele recurrir –de nuevo, resumo de un modo caricaturesco y con toda probabilidad ficticio– a un nivel narrativo distinto del ámbito diplomático-militar vinculado al sistema económico-político. Una posible respuesta de los historiadores no marxistas es que cuando se dice que las causas de la segunda guerra mundial fueron ciertos ciclos económicos, en realidad, la trama estudiada es la de dichos ciclos en los que la guerra es uno de los hechos relevantes a narrar. Así, para los marxistas la guerra sería una especie de solución keynesiana bastante grosera aunque eficaz a la crisis económica de los años treinta.

Evidentemente esto no deja de ser cierto pero no lo es menos que, en algún sentido, sabemos algo más al modo marxista que cuando decimos que la causa de la guerra fue la invasión de Polonia. También se puede responder a esto diciendo que, en realidad, la invasión de Polonia no es la causa de la guerra sino su principio y que, en general, en historia no tiene sentido hablar de causas. De nuevo los marxistas podrían afirmar que, en ese caso, el principio de la guerra fueron ciertas crisis económico-políticas de largo alcance y que justamente llamamos causa a la diferencia gnoseológica entre la reconstrucción general de esta crisis y la guerra que se inicia con la invasión de Polonia. Creo que es obvio que ese plus epistémico no es suficiente como para que deje de interesarnos una historia detallada del sistema de trincheras alemanas en Normandía que, obviamente, no se deduce de la crisis del patrón oro, pero sí introduce la conciencia de que existe la posibilidad de estudiar otra trama cercana en la que el contexto de paz que presupone el estudio de una guerra queda difuminado de modo que la causa anterior (la invasión de Polonia) pasa a formar parte de una nueva narración.

¿En qué sentido se puede decir que esta noción contextual de causa no es peculiar de la historiografía sino que afecta a muchas otras formas de explicación? La cosa tiene su enjundia pues Veyne acepta que en historia opera una causalidad “sublunar”; la cuestión es que el valor de ese tipo de causalidad parece, en su interpretación, despreciable. Y, en efecto, la validez de un concepto de causa operativo en historia tiene que ver con su homogeneidad respecto de una noción más general. Para hacerme cargo de este asunto recurriré al análisis que hace Mcintyre del concepto de causa desde un punto de vista opuesto al que pone en juego Hume. Tradicionalmente quienes han defendido la causalidad histórica lo hacían para afirmar, al menos implícitamente, la existencia de leyes en el tipo de conocimientos que sacan a la luz los historiadores. En cambio, lo que aquí intento plantear es la posibilidad de discernir entre distintas explicaciones históricas no en virtud de su mayor adecuación inmediata a un objeto real siempre indefinido sino por su mayor capacidad epistémico mediata o relativa (más adelante, trataré de aclarar cuál es el lugar de la adecuación en historia).

Por supuesto este pluralismo equivale de hecho a una negación de la eficacia del concepto de causa en historiografía, tal y como Veyne expresaba con mucha más coherencia. Desde luego, sería absurdo negar la existencia de muy diversos factores en la constitución específica de un acontecimiento en concreto pero, como apuntábamos antes, lo que se discute aquí y lo que permite hablar de explicación y de causa es la posibilidad de establecer alguno o algunos de esos factores como principales. En cambio, explica Mcintyre, el hecho de que en historia no haya leyes generales lleva a muchos a creer que no hay la menor jerarquía entre causas y “la innovación de algún nuevo tipo de causa rara vez se hace en detrimento del surtido de causas existentes. En las versiones pluralistas los hábitos de aseo de Lutero comparecen fácilmente al lado del capitalismo como una causa de la Reforma”.

De este modo, al desvincular el conocimiento de causas particulares del conocimiento de generalizaciones, damos un gran paso para aceptar los distintos grados de exactitud con que podemos conocer distintos conjuntos de fenómenos sin caer en el escepticismo típico tanto de los pluralistas causales como de quienes afirman la ineficacia de la noción de causa en historia. En efecto, en historia surgen muchas conexiones causales concretas pero no generalizaciones legaliformes, eso quiere decir que en historia no hay inducción matemática (o sea, deducción) pero no que no sirva el concepto de causa pues, por mucho que las teorías sean deductivas, las explicaciones causales nunca lo son (o al menos nunca lo son totalmente). Si bien hay una diferencia esencial entre el conocimiento que tenemos de la historia y el conocimiento que tenemos de la naturaleza, la diferencia en cuanto al tipo de explicación causal que entra en juego en cada conocimiento sólo lo es de grado ya que las explicaciones tienen que ver con fenómenos concretos. Dicho de otro modo: en historia, la probabilidad con la que se puede afirmar un causa es mucho menor que en física justamente por las características narrativas del conocimiento histórico y no por las peculiaridades de una presunta causalidad histórica.

En realidad, la exigencia por parte de los humeanos de generalizaciones para reconocer la existencia de causas es una forma de negar que haya en absoluto causas como, por otra parte, Russell afirmó a las claras. Del mismo modo, una de las bases del modelo de Popper, si no su característica principal, es que ningún procedimiento inductivo basta para establecer una generalización válida. El escepticismo, por tanto, se traslada a la verificación de la generalización en vez de afirmarse directamente de la incongruencia de la noción de causa como en Hume pero, en esencia, se basa en un deductivismo muy similar. Para Mcintyre, por el contrario, identificar una causa no es por regla general identificar una condición necesaria y suficiente, ya que el hecho de que una causa produzca un efecto determinado nada dice sobre cómo puede producirse en general este efecto.

Roma : guerras esclavas y Cristianismo

La tercera Guerra de la esclavitud

Conocida como III Guerra Servil, Guerra de los Esclavos o Guerra de los Gladiadores hecho ocurrido entre los años 73 a.C. y 71 a.C.

Sirviendo de inspiración al movimiento marxista internacional, como demuestra la formación de la "liga espartaquista" en los años de la oposición marxista de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, en el partido socialdemócrata alemán.

A diferencia de las anteriores, su objetivo no fue la constitución de un Estado ni de corte romano ni helenístico, sino la búsqueda de la libertad entendida como contrapuesta a la alienante condición servil. El hecho de que la mayor parte de sus integrantes fueran tracios como el propio Espartaco-, galos -como sus dos comandantes, Criso y Enomao- y germanos, les configura como un movimiento de bárbaros que las fuentes antiguas, principalmente Plutarco y Apiano, presentan como una horda primitiva y violenta

Espartaco

Fue un gladiador romano que de acuerdo con las vagas referencias de los historiadores romanos Apiano y Floro, era originario de Tracia, y militó en las auxilia, las tropas auxiliares de Roma, de las que desertó. No siendo ciudadano romano, una vez capturado se le redujo a la esclavitud. Fue destinado a trabajos forzados en unas canteras de yeso, pero gracias a su fuerza física, fue comprado por un mercader para la escuela de gladiadores de Capua. Todas las fuentes conocidas de esta rebelión (muy fragmentarias) coinciden en describir a Espartaco como un hombre culto, inteligente y justo.

Los inicios de la rebelión

Los inicios de esta rebelión surgieron como una fuga planeada por espartaco en el año 70 a.C. que con menos de un centenar de esclavos como el huyen y en su camino se apoderan de un convoy de armamentos de gladiadores y con el logran derrotar a una partida destinada a reprimirlos, así pues armados con armas apropiadas para la guerra se refugian en el cráter del Vesubio desde donde llevan a cabo acciones de pillaje, pero en este punto empieza a revelarse la naturaleza especial d este líder, pues reparte el botín de manera equitativa razón por la cual atrae numerosos aliados(como el fugitivos de la tiranía romana), esto provoco que los romanos se alarmaron y enviaron una unidad de 3.000 hombres al mando de Clodio Glabro.

Este general menosprecio a los esclavos y gracias a una excelente estrategia de espartaco los rebeldes lograron tomar el campamento luego de poner en fuga a los soldados romanos.

Los esclavos hacen temblar a los amos del mundo

Los romanos enviaron contra los esclavos dos legiones tomadas de la frontera norte de Italia, al mando del pretor Varinio. Éste trató de cercar a Espartaco con una maniobra en tenaza, para lo que dividió sus fuerzas en tres partes. Espartaco, bien informado por sus espías (era un maestro del espionaje) aprovechó la división de las fuerzas romanas y derrotó separadamente a los dos ayudantes de Varinio, y luego atacó a las fuerzas comandadas directamente por éste, llegando al punto de capturar los lictores del pretor y su propio caballo. Varinio tuvo que huir vergonzosamente a pie.

Como resultado, el movimiento de los esclavos se extendió a todo el sur de Italia.

De esta manera formó un ejército de unos 70.000 hombres, preparó la construcción de armas y organizó la caballería. Una vez ejecutado esto, formuló un plan de acciones futuras. Aunque no hay información precisa al respecto, se puede afirmar con bastante certeza que el plan de Espartaco consistía en reunir el mayor número posible de esclavos y sacarlos de Italia cruzando los Alpes. Esta era la única posibilidad de libertad para la mayoría de ellos, puesto que una vez fuera de Italia muchos rebeldes podrían escapar a territorios que aún no habían sido conquistados por Roma (como Germania.). Con el fin de llevar a cabo este plan, empezó a marchar con sus tropas hacia el norte.

El gobierno romano, habiendo notado las constantes derrotas de sus legiones, se dio cuenta de la gravedad del peligro, y envió contra los esclavos los ejércitos de ambos cónsules del 72, Léntulo y Gelio. En ese preciso momento surgieron disensiones entre los esclavos, cuyo resultado fue la separación de un grupo de unos 20.000 hombres, compuesto en su mayor parte por galos y germanos, al mando de Criso. Éstos empezaron a actuar de forma independiente, pero Criso no tenía la habilidad estratégica de Espartaco, por lo que el ayudante del cónsul Gelio, el propretor Arrio, los interceptó y aniquiló en Apulia, cayendo el mismo Criso en el combate.

Este debilitamiento momentáneo del movimiento no significó el final de la rebelión, pues Espartaco, con maniobras brillantes en los pasos de los montes Apeninos, infligió una serie de derrotas a Léntulo, Gelio y Arrio, evadiendo las emboscadas tendidas para él por los romanos y continuó su avance hacia el norte. Sus tropas continuaron fortaleciéndose por el continuo afluir de esclavos escapados de todas partes de Italia, hasta el punto que Apiano dice que las tropas de Espartaco llegaron a un número total de 120.000 hombres.

Espartaco cambia de planes

Los romanos desesperaban al ver que sus legiones establecidas en Italia no eran suficientes para vencer a los esclavos. Sin embargo, hicieron un último intento de evitar su escape de la Península. El gobernador de la provincia de la Galia Cisalpina, el cónsul Casio Longino, reunió todas las fuerzas disponibles y aguardó la llegada de Espartaco al valle del Po, en la ciudad de Módena. Espartaco aceptó la batalla propuesta por el cónsul y lo derrotó.

En este punto pudo cruzar los Alpes, pero ante la negativa de sus indisciplinadas tropas (que estaban obnubiladas por sus victorias) tuvo que volver

En fin de cuentas, Espartaco se acercó a Roma. Sabiendo que no podría tomar la ciudad dadas sus poderosas fortificaciones, adoptó una postura pasiva. Los romanos, por su parte, habían confiado el mando supremo del ejército al pretor Marco Licinio Craso, adjudicándole las 10 legiones disponibles, aunque no eran de las mejores, pues ya los soldados estaban desmoralizados por las inauditas victorias de Espartaco.

Habiéndose acercado ambos enemigos, Craso ordenó asumir una posición defensiva mientras elaboraba una estrategia para derrotar a los esclavos, que consistía en encerrarlos en la montañosa región del Piceno, y recibía más refuerzos. Sin embargo, uno de sus ayudantes, Mummio, quien tenía órdenes de dirigirse a una posición más avanzada de la que ocupaban los esclavos con el fin de rodearlos, optó más bien por atacarlos directamente, siendo derrotado. Muchos legionarios arrojaron las armas (en signo de cobardía) y huyeron. Espartaco siguió su marcha hacia el sur. [Diezmacion]

Más tarde Espartaco y su ejército llegaron al mar Tirreno, en la zona de Calabria. Aquí entró en contacto con los piratas de Cilicia, quienes prometieron darle una flota para transportar las tropas rebeldes a Sicilia con el fin de hacer de la isla un bastión inexpugnable. Sin embargo, los romanos se percataron de la intención de Espartaco, por lo que sobornaron a los piratas (hecho posiblemente realizado por el gobernador de Sicilia, Verres) y éstos traicionaron a Espartaco.

Craso, habiendo llegado desde el norte, y enterado de que los esclavos trataban de pasar a Sicilia, aprovechó la ocasión para encerrarlos en el extremo sudoccidental de la península itálica. Con este fin construyó de mar a mar una línea fortificada de unos 60 Km., compuesta de un amplio y profundo foso y una valla. Espartaco intentó forzar el paso una vez sin éxito, pero luego recurrió a la astucia. Los esclavos, por su parte cruzaron la valla y regresaron a Lucania (actual Basilicata), en la parte norte del golfo de Tarento.

El fin de la rebelión

Craso, desesperado ya de poder vencer a los esclavos por sí solo, pidió ayuda al Senado. Éste envió un mensaje a Cneo Pompeyo para que regresase inmediatamente a Italia desde España, donde había reprimido hacía poco la rebelión de Sertorio. A Licinio Lúculo, lugarteniente de Macedonia, se le dio orden de desembarcar con sus tropas en el puerto de Bríndisi desde Grecia. La idea del Senado era cercar a los esclavos desde tres frentes: noroeste (Pompeyo), suroeste (Craso) y este (Lúculo.) En total, los romanos sumarían unas 20 legiones (alrededor de 120.000 hombres), de las cuales las de Pompeyo sobresalían por su valor y moral, ya que regresaban de una campaña victoriosa.

Justo en esta circunstancia peligrosa surgieron otra vez disensiones entre los esclavos. De nuevo los galos y los germanos, al mando de Casto y Gáunico (unos 30.000 hombres), se separaron de Espartaco y fueron derrotados por Craso.

En fin de cuentas, Espartaco se acercó a Bríndisi. Posiblemente pensó en cruzar el mar Adriático y desembarcar en Grecia o Iliria. Pero realmente no tenía la posibilidad de efectuar este plan, dado que no tenía medios de transporte... ni siquiera había podido atravesar el angosto estrecho de Messina, menos aún podría atravesar el mar Adriático. Sin embargo, Espartaco quiso hacer la prueba. Al llegar cerca de la ciudad, sus espías le informaron que Lúculo ya se encontraba en ella. Entonces retrocedió para enfrentarse a Craso y Pompeyo.

En el año 71 a.C., en Apulia, se libró la última batalla. Los esclavos, impulsados por el ejemplo de Espartaco, dispuestos a vender cara su derrota y jamás volver a servir a los romanos, pelearon desesperadamente, pero no pudieron resistir la superioridad de las legiones romanas fogueadas en las campañas de España. 60.000 esclavos, entre ellos Espartaco, cayeron en la batalla; en cambio los romanos solo perdieron mil hombres. Los romanos hicieron 6.000 prisioneros, y decidieron dar al mundo una lección: todos los esclavos prisioneros fueron clavados a cruces a lo largo del tramo de la Vía Appia entre Capua y Roma.

Los remanentes de las tropas de Espartaco se dispersaron. Un cierto número de ellos logró huir y se refugió junto a los piratas de Cilicia. Pero los que no lo hicieron fueron sistemáticamente perseguidos: Pompeyo logró destruir a una tropa de 5.000 hombres que se dirigía hacia el norte, tratando de salir de Italia por los Alpes, como era la intención inicial de Espartaco.

Craso, al terminar con la rebelión, capturó con vida a la mujer de Espartaco, Varinia, y al hijo de ambos, que tenía unos meses de edad. Sin embargo, ella fue liberada junto con su hijo, y enviada a la Galia Transalpina (de donde era originaria) con una gran suma de dinero. Nunca más se supo de la descendencia de Espartaco.

Apreciación de la rebelión

Uno de los objetivos de la rebelión era acabar con el sistema esclavista, al menos en Italia. Si bien ese objetivo no se logró de inmediato, la rebelión de Espartaco puso en movimiento una serie de acontecimientos que a la larga resultaron en la caída de Roma. Esto se ve en los siguientes hechos: En menos de 2 años, Italia perdió no menos de 100,000 esclavos, debilitando todos los aspectos de la producción. Los propietarios de esclavos empezaron a mostrar preferencia por los que nacían en su casa, pues se los consideraba más fieles que los que eran adquiridos por compra en el mercado; sin embargo, esto no podía satisfacer las necesidades de mano de obra. Muchos esclavos fueron liberados, lo que contribuyó al incremento de la ciudadanía parasitaria, que solo vivía de las regalías de los políticos (el famoso Panem et circenses), hecho que terminó agotando a Roma. Muchos latifundios, base fundamental de la economía romana, fueron destruidos. Los propietarios, temerosos de nuevas rebeliones, optaron por el sistema de la colonia, en el cual asignaban a algunos esclavos pequeñas parcelas de tierra, a cambio de una parte de la cosecha. Tomando en cuenta que el sistema esclavista convierte el trabajo en una actividad para esclavos, hemos de concluir que su rendimiento productivo era bajísimo, lo que se ve confirmado con fuentes como Columela y Plinio el Viejo

El Cristianismo

Orígenes

El cristianismo es la religión Monoteísta surgida en el oeste del imperio romano, en las provincia de Judea, Jerusalén era el núcleo del movimiento cristiano; al menos lo fue hasta su destrucción a manos de los ejércitos de Roma en el 70 d.C. Desde este centro, el cristianismo se desplazó a otras ciudades y pueblos de Palestina, e incluso más lejos.

En un principio, la mayoría de las personas que se unían a la nueva fe eran seguidores del judaísmo, pero con la conversión de numerosos judíos que tenían nexos con el mundo romano esta característica fue difuminándose, y es especialmente a partir de que san pablo (el llamado apóstol de los gentiles) asume un papel protagónico en el seno del naciente culto que el cristianismo empieza a desligarse y adquirir independencia del judaísmo.

Una de las primeras disputas en el seno del cristianismo es precisamente en torno al carácter judaizante o gentil que debería tener el cristianismo, y es finalmente San pablo el que zanja el asunto argumentando que así como a San Pedro le fueron encomendados los judíos, a el le fue encomendada la evangelización de los gentiles.

Ingreso al mundo Greco-romano

El cristianismo tuvo primero que asentar su relación con el orden político. Dentro del Imperio romano, y como secta judía, la Iglesia cristiana primitiva compartió la misma categoría que tenía el judaísmo, pero antes de la muerte del emperador Nerón en el 68 ya se le consideraba rival de la religión imperial romana.

Se cree que San Pablo fue decapitado y San Pedro fue muerto crucificado al revés en Roma durante este periodo, de los apóstoles originales vivía tan sólo Juan, el evangelista, que se había trasladado a Éfeso, iglesia madre de muchas de Asia Menor y Grecia, donde se manifestaban brotes gnósticos.

Con el emperador Vespasiano, el cristianismo siguió extendiéndose, hasta que en el año 90 el emperador Domiciano inició una nueva persecución. Se supone que fue entonces cuando Juan fue llevado primero a Roma y desterrado luego a la isla de Patmos, donde escribiría el Apocalipsis y algunas de sus Cartas.

Bajo el imperio de Nerva (de quien dice su biógrafo Xifilino que «no permitió que se acusase a nadie por haber observado las ceremonias de la religión judaica o haber descuidado el culto de los dioses») pudo regresar Juan a Éfeso, y pocos años después falleció, a edad muy avanzada. Con su muerte (en el año 95) concluye la etapa apostólica.

Las causas de esta hostilidad hacia los cristianos no eran siempre las mismas y, por lo general, la oposición y las persecuciones tenían causas muy concretas. Sin embargo, la lealtad que los cristianos mostraban hacia su Señor Jesús, era irreconciliable con la veneración que existía hacia el emperador como deidad, y los emperadores como Trajano y Marco Aurelio, que estaban comprometidos de manera más profunda con mantener la unidad ideológica del Imperio, veían en los cristianos una amenaza para sus propósitos; fueron ellos quienes decidieron poner fin a la amenaza. Al igual que en la historia de otras religiones, en especial la del Islam, la oposición a la nueva religión creaba el efecto inverso al que se pretendía y, como señaló el epigrama de Tertuliano, miembro de la Iglesia del norte de África, "la sangre de los mártires se transformará en la semilla de cristianos". A comienzos del siglo IV el mundo cristiano había crecido tanto en número y en fuerza, que para Roma era preciso tomar una decisión: erradicarlo o aceptarlo. El emperador Diocleciano trató de eliminar el cristianismo, pero fracasó; el emperador Constantino I el Grande optó por contemporizar, y acabó creando un imperio cristiano.

La aceptación oficial

Constantino I

El emperador Constantino I fue, como los emperadores antes que él, el sacerdote superior de la religión Mitraica. Sin embargo, también estaba interesado en crear unidad para facilitar el gobierno, y para hacer esto se involucró en la disputa entre grupos cristianos sobre el arrianismo, invocando el Primer Concilio de Nicea, este concilio produjo el Credo Niceno.

Constantino mitigó algunas diferencias entre el cristianismo ortodoxo y su principal competidor, la religión oficial del Sol Invictus. Por ejemplo, cambió la celebración del nacimiento de Jesús al 25 de diciembre, debido a que esta era la fecha de celebración del nacimiento de Mitras y Baco, así como la fecha de los festivales del solsticio de invierno tales como la Saturnalia. Además, Constantino instituyó el uso de símbolo Chi-Rho (Crismón), representativo del cristianismo, aunque según algunos estudiosos esto servía para propósitos cristianos y no cristianos simultáneamente.

Cambio constantiniano

Críticos de la unión de la iglesia y el estado, apuntan a este cambio como el comienzo de la era del constantinianismo (cesaropapismo), cuando el cristianismo y la voluntad de Dios gradualmente se vieron identificadas con la voluntad de la elite regente; y en algunos casos fue más que una justificación religiosa para el ejercicio del poder.

Golpeado por estos desarrollos, el emperador Juliano (denotado "el Apóstata debido a su rechazo del cristianismo y conversión al Mitraísmo y al Neoplatonismo) intentó restaurar el estado anterior entre las religiones al eliminar los privilegios (exención de impuestos entre el clero cristiano, por ejemplo) dado por antiguos emperadores romanos como Constantino, prohibiendo a las distintas sectas cristianas perseguirse entre sí y volviendo a traer a arzobispos quienes habían sido proscritos por el arrianismo, alentando al judaísmo y una suerte de neopaganismo.

El cristianismo se convierte en religión del estado

La oposición de Julián duró por poco, emperadores como Constantino II repelieron las acciones de Julián e incentivaron el crecimiento del cristianismo. Este estado de cosas fue finalmente forzado por una serie de decretos (como el Edicto de Tesalónica) por el emperador Niceno Teodosio I, comenzando en febrero de 381, y continuando por su reinado.

Teodosio era cristiano católico, es decir, fiel a la doctrina de Atanasio, adoptada como línea ortodoxa desde el Concilio de Nicea del 325. Fue él quien adoptó el catolicismo como religión del Imperio, prohibiendo el arrianismo (doctrina cristiana de los seguidores de Arrio, muy extendida en Oriente) por el Edicto de Tesalónica (380). No obstante, su actitud inicial fue más conciliadora hacia los paganos, pues trató de mantener un equilibrio en su administración entre cristianos y paganos, al tiempo que se resistía a los intentos del clero cristiano por imponer su supremacía.

Su actitud cambió después de ser excomulgado por el arzobispo de Milán, san Ambrosio, a causa de la represión de la revuelta de Tesalónica, en la que murieron unas 7.000 personas (390). Teodosio hizo penitencia pública para obtener el perdón y, desde entonces, se convirtió en instrumento político de la intolerancia eclesiástica: prohibió los cultos paganos en Roma (391), medida que luego extendió a todo el Imperio (392).

Herejía

Basándose en la etimología griega de la palabra, viene de "haieresis" que indica una escuela del pensamiento, por ejemplo, la de un filósofo como el platonismo o el aristotelismo. Así pues, el herético es quién elige lo que debe creer.

Visión cristiana

"Una herejía es una enseñanza sistemática que ha sido declarada, por la iglesia histórica, extraña a la enseñanza cristiana. Por lo tanto en la mayoría de los contextos, el término herejía se aplica solamente a las creencias que fueron declaradas como tales por uno de los siete concilios ecuménicos. La herejía es un argumento para desafiliar a alguien. Sucede a menudo que un cristiano se hace herético y después desea volver a la ortodoxia. Históricamente, la iglesia da la bienvenida a los herejes que vuelven, pero los recibe como si nunca hubieran sido cristianos. La idea no es revolver en su pasado, sino reeducarles en la fe cristiana. La palabra herejía tiene hoy connotaciones histéricas en su uso común, porque en Europa occidental durante las épocas medievales, la herejía era también un crimen civil castigable con la muerte."

Las controversias cristológicas

Las controversias cristológicas incluyen examen de preguntas como: ¿era Cristo divino, humano, un ser angélico creado, o más allá de una simple clasificación en una categoría? ¿Los milagros de Cristo realmente cambiaron la realidad física o sólo eran simbólicos? ¿El cuerpo de Cristo realmente se elevó de la muerte o el Cristo resucitado era un ser sobrenatural que no estaba limitado por las leyes físicas?

Arrio, Atanasio de Alejandría

Diodoro de Sicilia, Teodoro

Cirilio de Alejandría y Nestorio

El concilio de Éfeso anti-Nestoriano

El concilio de Calcedonia anti-Monofisita en 451.

La búsqueda por reconciliación y la herejía de una voluntad (monotelitismo, la creencia de que Jesucristo tenía una voluntad (divina) como oposición a la de dos voluntades, una divina y otra humana). El Quinto Concilio Ecuménico condenó el monotelitismo y falla al alcanzar la reconciliación deseada por el emperador bizantino.

Arrianismo

Arrio (250 - 336) proponía que Jesús y Dios estaban muy separados y eran entidades diferentes: Jesús estaba más cerca de Dios que ningún otro humano, pero nació humano, y no tenía una existencia previa, por ende no era un dios. Por otra parte, Dios había existido siempre. Arrio sentía que cualquier intento de reconocer la deidad de Cristo podría desdibujar la línea entre el cristianismo y las religiones paganas. Si el cristianismo reconocía dos dioses separados, el Padre y Jesús, se convertiría en una religión politeísta.

Maniqueísmo

Maniqueísmo, secta religiosa fundada por el sabio Persa Mani (o Manes) (c. 215-275), considerado por sus seguidores como divinamente inspirado.

Los maniqueos -a semejanza de los gnósticos y los mandeos - eran dualistas, creerían que había una eterna lucha entre dos principios opuestos e irreductibles, el bien y el mal, que eran asociados a la luz (Ormuz) y a las tinieblas (Ahrimán). Según ellos, Dios es el creador de todo lo bueno y Satanás el creador de todo lo malo. Posteriormente algunos maniqueos distinguían el Dios del Antiguo Testamento (malo) del Dios del Nuevo Testamento (bueno).

Para ellos Jesús era el Hijo de Dios, pero que había venido a la tierra a salvar su propia alma. Jesús, Buda y otras muchas figuras religiosas habían sido enviados a la humanidad para ayudarla en su liberación espiritual.

En la práctica, el maniqueísmo niega la responsabilidad humana por los males cometidos porque cree que no son producto de la libre voluntad sino del dominio de Satanás sobre nuestra vida.

Dicho dualismo está condenado por la Iglesia Católica que reconoce un solo Dios Todopoderoso, el mismo del Antiguo y Nuevo Testamento y que ha vencido sobre todos los demonios y las fuerzas del mal. También fue condenado por el emperador Diocleciano en el año 297.

Gnosticismo

Es un conjunto de corrientes sincréticas filosófico-religiosas que llegaron a mimetizarse con el cristianismo en los tres primeros siglos de nuestra era, convirtiéndose finalmente en un pensamiento declarado herético después de una etapa de cierto prestigio entre los intelectuales cristianos. En efecto, puede hablarse de un gnosticismo pagano y de un gnosticismo cristiano, aunque el más significativo pensamiento gnóstico se alcanzó como rama heterodoxa del cristianismo primitivo

Síntesis

Se trata de una doctrina elitista, según la cual los iniciados no se salvan por la fe en el perdón gracias al sacrificio de Cristo, se salvan mediante la gnosis, o conocimiento introspectivo de lo divino, que es un conocimiento superior a la fe. La fe no basta y la muerte de Cristo tampoco. La gran diferencia es que el hombre es autónomo para salvarse a sí mismo. El gnosticismo es una mística secreta de la salvación. Se mezclan sincréticamente creencias orientalistas e ideas de la filosofía griega, principalmente platónica. Es una creencia dualista: el bien frente al mal, el espíritu frente a la materia, el ser supremo frente al Demiurgo, el alma frente al cuerpo.

Marcionismo

Se denomina marcionismo a una de las primeras herejías del cristianismo. Toma su nombre de su principal creador, el teólogo y exitoso comerciante Marción (85-150 d.C.).

El fundador: Marción

Nacido en Sínope, en Asia Menor (hoy Sinop, Turquía), hijo de un obispo que fue excomulgado, Marción prosperó como comerciante y naviero. Viajó a Roma entre 135 y 140 d.C. buscando ser nombrado dignatario de la Iglesia, sin lograrlo.

Fue excomulgado por hereje en 144 de nuestra era. En el momento de su muerte (150) había logrado exitosamente el primer cisma del Cristianismo, cuyos efectos se prolongarían hasta el siglo III. Elaboró la primera gran herejía cristiana y redactó el primer canon del Nuevo Testamento, sistemáticamente organizado conforme a su propio dogma. A pesar de que suele atribuírsele el carácter de “gnóstico” nunca tuvo ese carácter, no obstante su cercanía, antes de elaborar su propio cuerpo doctrinal, con la herejía Docénica.

La doctrina

El primer aspecto relevante es que Marción distingue y separa como cosas totalmente diferentes al Dios Creador del Antiguo Testamento, Yahvé, del Dios verdadero, Padre, capaz de encarnar a un hijo hombre, Cristo conforme al Nuevo Testamento y concluye que ambas religiones son paralelas y que tienen por única conexión a la geografía.

Nestorianismo

Doctrina que considera a Cristo separado en dos personas, una humana y una divina, completas ambas de modo tal que conforman dos entes independientes, dos personas unidas en Cristo, que es Dios y hombre al mismo tiempo, pero formado de dos personas distintas.

Enmarcado dentro de las disputas cristológicas que sacudieron al cristianismo en los siglos III, IV y V, el nestorianismo fue propuesto por Nestorio, monje oriundo de Alejandría, una vez entronizado como obispo de Constantinopla. Esto le llevó a enfrentarse con Cirilo de Alejandría, obispo de dicha ciudad, que defendía la tesis de la unicidad entre la persona humana y la divina de Cristo.

Tanto los nestorianos como los partidarios de Cirilo fueron llamados al concilio de Éfeso, en el año 431. La disputa se centró fundamentalmente en torno al título con el cual debía tratarse a María, si sólo cristotocos (madre de Cristo, es decir, de Jesús humano y mortal) como defendían los nestorianos, o además el de theotocos (madre de Dios, o sea, también del Logos divino), como defendían los partidarios de Cirilo. Finalmente se adoptó como verdad de fe la doctrina propuesta por Cirilo, se le concedió a María el título de Madre de Dios, y los nestorianos fueron condenados como herejes.

Docetismo

La herejía docética toma este nombre de la raíz griega dokéo que significa "parecer o parecerle a uno". Es una doctrina contraria a la enseñanza de la Iglesia Católica aparecida a finales del primer siglo de la era cristiana que afirmaba que Cristo no había sufrido la crucifixión, que su cuerpo sólo era aparente y no real. Esta herejía borra a Jesucristo como una figura histórica y como al hijo carnal del Padre y en consecuencia, derrumba el sacrificio redentor del Mesías, doctrina que, en caso de haber

Monofisismo

Es una doctrina teológica que sostiene que en Jesús sólo estaba presente la naturaleza divina, y no también la humana, contra el dogma ortodoxo de la Iglesia Católica que sostiene —según el símbolo Niceno-Constantinopolitano— la doble naturaleza de Cristo.

Históricamente, los teólogos alejandrinos, que habían conseguido marginar el nestorianismo, condenado en el Concilio de Éfeso en 431, que predicaba lo contrario, dieron a luz esta doctrina que exageraba por la parte contraria. La doctrina monofisita, predicada entre otros por el abad alejandrino Eutiques, llamado por eso en ocasiones eutiquianismo, fue declarada herética en el Concilio de Calcedonia de 451. Sin embargo, la condena no fue aceptada ni por las congregaciones egipcias ni sirias. Los enviados armenios, que llegaron tarde al Concilio, tampoco aceptaron la condena. Los esfuerzos por unir a la Iglesia no dieron grandes resultados.

Simonianismo

Nicolaitanismo

Mandeanismo

Monarquianismo

Apollinarianismo

miércoles, marzo 08, 2006

La Desestructuracion del Mundo Andino

El imperio Inca fue destacado por su sólida y eficiente organización tanto por sus propios conquistadores como por los actuales científicos sociales que si bien no disponen de la ventaja de la observación directa, pero por esta misma razón están libres de la subjetividad que esa observación les daría y mediante la aplicación de un método científico riguroso y criterios racionales, por lo dicho cabe preguntarse porque sucumbió tan fácilmente ante la invasión hispana, que fue de las estructuras que lo componían durante el proceso de conquista y después de ella, es decir en el periodo colonial o virreinal.
Con el objetivo de aclarar estas dudas primero empezaremos por definir algunas características pertinentes de la organización Inca así como de la organización hispana en América.

Categorías Sociales Andinas

I.-Reciprocidad.- La reciprocidad fue una característica básica de la organización social del mundo andino y por tanto parte determinante en la producción, por los modernos estudios etnográficos e históricos se entiende que la reciprocidad era algo mas que el solo dar y recibir, pues implicaba una connotación ritual, así podemos notar que la reciprocidad era una forma de establecer y reforzar los lazos de parentesco, la dinámica de prestigio y poder a nivel del ayllu y en redistribución a la organización estatal era una forma de que el tributo tuviera una connotación no impositiva y desigual. La reciprocidad así podemos notar tenia dos niveles, en el nivel referido al ayllu podemos verla en su real naturaleza ya que este tipo de relación es característico de todo el mundo andino y anterior a los incas y probablemente a todos los estados andinos, pues era la forma que permitió al poblador andino primitivo domesticar a su medio; en el nivel de las relaciones con el estado podemos ver que el tipo de reciprocidad establecida era en cierta manera desigual, pero sin una connotación de apropiación estatal.


II.-Redistribución.- Fue otra de las características inherentes al mundo andino en general, es decir el estado o la organización estatal se apropiaba de la producción, pero en cierta medida redistribuía este excedente y como en el caso de la reciprocidad se pueden establecer dos tipos de redistribución ; simétrica y asimétrica, obviamente la asimétrica es la que se establece entre el estado y los ayllus, esto se nota en la apropiación del estado inca de la producción así como de la mano de obra, pero en estos dos procesos también se da una cierta redistribución, pues por los estudios de Maria Rostworowski[1] y John Murra[2], podemos entender que el estado en el proceso de la producción solo utilizaba la fuerza de trabajo proveyendo al runa de alimento y herramientas mientras prestaba su fuerza. En el aspecto del ayllu la redistribución la realizaba el Kuraka.

III.-Lazos de parentesco.-Es una característica también común en todo el mundo andino y es determinante en estas relaciones, así podemos notar que el establecimiento de este tipo de lazos era uno de los principales objetivos de los pobladores pues de esta manera era mas rico pues se entendía que quien no tenia parientes de ninguna tipo era una persona pobre, así también podemos notar que en las esferas de la alta dirección del estado Inca también se buscaba establecer este tipo de relación pues aseguraba un partidario para los objetivos de cada Panáca, en el caso del inca también buscaba establecer lazos de parentesco pues de esa manera se aseguraba la fidelidad de los curacas de las etnias conquistadas, de allí quizás se pueda entender la afirmación de Pärssinen en cuanto a la aparente legalidad de las rebeliones a la muerte del Inca[3], pues muerto este los lazos se rompían.
Categorías Administrativas Hispanas

I.-Mita.-Fue la prestación de servicio forzoso de diversa índole por parte de la población andina en favor del hispano o la corona así podemos notar que una categoría de origen andino fue redefinida por los nuevos amos de la tierra.

II.-Curaca.-O la institución del Curacazgo; como se sabe tanto en la época inca como en la colonial las elites entendieron que la forma de conseguir de modo mas efectivo sus objetivos era a través del curaca ya que este era el que en verdad tenia pode eh influencia real sobre el ayllu, así podemos notar que si bien durante el Imperio Inca esta institución tuvo características originales y autóctonas, durante la colonia adquirió características nuevas como producto de la influencia hispana.

La Desestructuracion del Mundo Andino
El Mundo andino es el termino con el que definimos el área cultural que comprende la costa central del pacifico sudamericano así como el cuerpo central del macizo de los andes, es decir el territorio que en la actualidad abarca los territorios de Perú, Bolivia y Ecuador, con una pequeña parte de la zona mas norteña de Chile.
En este territorio se desarrollo un sistema de relaciones y de producción basado en la cooperación y solidaridad, y sobre este estrato social se erigieron organizaciones estatales que sin contraponerse totalmente a estos sistemas y relaciones pudieron articular este amplio espacio geográfico social y cultural, así a la llegada de los europeos el mundo andino estaba solidamente organizado por la organización estatal Inca y que si bien empezaban a aparecer algunos síntomas de crisis en esta organización como menciona Murra en su obra El Mundo Andino, el mismo se encarga de aclarar que esto no significaba mas que una reafirmación del dinamismo y por tanto vitalidad de este mundo, así pues el choque producido por este encuentro entre dos culturas y sociedades de características expansivas e imperialistas genero que al ser vencido el estado inca los estratos sociales en que se sostenía sufrieron alteraciones como producto de la imposición de nuevos modelos o sistemas de producción y nuevos sistemas de relaciones y concepciones del mundo, el estudio de las características y consecuencias de este encuentro son muy complicadas por la cantidad de áreas que tendríamos que abarcar, por tanto nos referiremos al ámbito político y cultural.

I. Desestructuracion Política
En el plano político la desestructuracion que se dio el mundo andino implico el hecho de que en el estado inca y en general en todos los estados andinos las relaciones de parentesco, la reciprocidad y la religiosidad eran parte importante de la política, así con la llegada de los europeos la política tiene una característica mas utilitarista y en cierto modo se guiaban por la máxima que “el fin justifica los medios” esto creo una mala interpretación y en muchos casos una incomprensión de los mecanismos políticos hispanos por parte de los indígenas así como una comprensión deformada por parte de los hispanos de la política andina.
II. Desestructuracion Cultural
En el plano cultural la desestructuracion adquirió características dramáticas pues si bien la política es parte constitutiva de los estados en el mundo andino esto no tenia mucha influencia directa con la población en general, pero muy en cambio lo que nosotros entendemos por cultura (manifestaciones artísticas, religiosas y sociales) primaban en la vida cotidiana del poblador andino, de esta manera los cambios enormes que sufrió la sociedad afectaron profundamente las relaciones entre el nuevo estado y la población que no sabia que tipo de relaciones debía usar para la interrelación con el estado y con los hispanos, lo cual acentuó las contradicciones entre dominadores y dominados


Conclusiones

Podemos entender que el proceso de desestructuracion fue dramático para la población andina en general lo que se expreso en las continuas quejas expresadas por los indígenas ante los funcionarios coloniales en busca de una justicia basados en las anteriores relaciones.



A la vez que se dio el proceso de desestructuracion se dieron otros dos procesos, el de la aculturación como producto del primero y la reestructuración o redefinición de las estructuras como producto de la adaptación de las anteriores estructuras a la nueva realidad.



















Bibliografía

· Tawantinsuyu. El estado Inca y sus organización política
Pärssinen, Martti
IFEA/Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú
/ Embajada de Finlandia Lima 2003

· Historia del Tahuantinsuyo
Rostworowski, Maria
Lima I.E.P/PromPeru 1999


· El Mundo Andino. Población, medio ambiente y economía
Murra, John
Lima I.E.P/pontifica Universidad Católica del Perú 2002


· Sociedad e Ideología. Ensayos de historia y antropología andina
Wachtel, Nathan
Lima I.E.P (Instituto de estudios Peruano) 1973
[1] Historia del Tahuantinsuyo
Lima I.E.P/PromPeru 1999
[2] El Mundo Andino. Población, medio ambiente y economía
Lima I.E.P/pontifica Universidad Católica del Perú 2002
[3] Tawantinsuyu. El estado Inca y sus organización política
IFEA/Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú/ Embajada de Finlandia
Lima 2003 Pág. 141